Sanar

Las relaciones son algo de lo que no podemos escapar. El contacto con el otro nos marca, a veces nos define, a veces nosotros definimos al otro. Lo que se dice o no, lo que se significa detrás de una mirada, de un silencio, de una actividad, la pasividad al no actuar, vamos construyendo nuestras relaciones y con ellas nuestro andar. Sobre todo, las más íntimas y cercanas, nuestra propia familia como un cúmulo de actuares, como nido de experiencias. Podemos llegar a tristezas, a desesperanza, a hacer todo porque papá nos voltee a ver, o por regresar al abrazo cálido de una madre, para descubrir que tal vez ya no está, que pertenece a otro tiempo, como si fuera parte de otra dimensión.


Pero todo el dolor que trae consigo una mala experiencia puede ser restaurado de la misma forma, a través de una nueva conexión, de una relación estrecha, comprensiva, de pares. Donde se acompañen unos a otros en el andar. Sanar a través de la familia que elegimos, de los amigos, con los que se puede emprender un nuevo viaje, una nueva forma de ser.


El amor, la amistad, la compañía, la comprensión, como vacuna contra la negligencia, el dolor y la insatisfacción, como puente hacia nuevas posibilidades. Sanar es cicatrizar y aprender a caminar con zapatos mullidos, tras haber recorrido descalzo un camino lleno de piedrecillas.




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